Los tiempos de crisis, ya sea a nivel personal, familiar u organizacional, suelen venir acompañados de incertidumbre, miedo y una sensación de pérdida de control. Nos hemos encontrado, como sociedad y a nivel individual, enfrentando desafíos inéditos durante eventos como la pandemia global. ¿Cómo logramos mantenernos en pie en medio de estos momentos? ¿De qué manera gestionamos lo que sentimos y pensamos cuando todo parece desbordarse?
La autogestión emocional se presenta, en estos contextos, como una habilidad determinante. Desde nuestra experiencia y observación, hemos constatado que quienes cultivan esta capacidad navegan las crisis con mayor resiliencia y claridad. Pero, ¿qué implica realmente autogestionar nuestras emociones?
Comprender la autogestión emocional
La autogestión emocional no es una receta mágica ni consiste en negar aquello que sentimos. Al contrario, supone reconocer nuestras emociones, aceptarlas y decidir conscientemente cómo responder a ellas. Es una práctica diaria que nos permite mantenernos en equilibrio, incluso cuando todo parece tambalearse.
Según un estudio de la Universidad de Zaragoza, actitudes psicosociales positivas durante el confinamiento por COVID-19 influyeron favorablemente en el estado de ánimo y la percepción de salud de la población adulta. Al contrario, actitudes nocivas o la presencia de enfermedades crónicas mostraron impacto negativo. Esta evidencia refuerza la idea de que la manera en que abordamos nuestras emociones tiene consecuencias muy reales.
¿Por qué las crisis desafían nuestra estabilidad emocional?
Durante una crisis, experimentamos una avalancha de estímulos y cambios. Perder rutinas, enfrentar amenazas a la salud o la economía y vivir en constante incertidumbre genera un desgaste emocional significativo. Sabemos, por estudios realizados con empleados de la manufactura mexicana, que este agotamiento es mayor en ciertos grupos según su antigüedad laboral, nivel educativo y sector, afectando más intensamente a quienes tienen menos recursos psicosociales (Universidad Autónoma de Ciudad Juárez).
En nuestra visión, cada crisis pone en evidencia patrones inconscientes, reacciones automáticas y zonas vulnerables de nuestra gestión emocional. Por eso, consideramos fundamental actuar desde la conciencia y la responsabilidad ante lo que sentimos.
No podemos evitar la tormenta, pero sí aprender a permanecer en pie.
Primer paso: La observación consciente
Nuestra experiencia nos dice que el mayor aliado ante una crisis es la capacidad de observarnos sin juicio. Esto implica detallar qué sentimos, en qué parte del cuerpo lo percibimos y qué pensamientos acompañan a esas sensaciones. Solo así podemos romper el círculo de la reacción automática.
- Dedicar minutos diarios a preguntarnos: ¿Qué siento ahora?, ¿por qué lo siento?, ¿cómo afecta mi día?
- Evitar etiquetar las emociones como buenas o malas, sino simplemente reconocer su presencia y función.
- Tomar notas o escribir un pequeño diario emocional, sin censura.
Descubrimos que quienes practican este ejercicio de autoconciencia desarrollan mayor claridad interna y capacidad de respuesta, no solo de reacción impulsiva.
Segundo paso: Regulación e higiene emocional
Observar no basta si no avanzamos a la regulación consciente. Entendemos la regulación como la elección intencionada de estrategias para mantenernos funcionales. Algunas prácticas efectivas incluyen:
- Respirar profundamente, haciendo pausas antes de responder o tomar decisiones.
- Buscar espacios breves de desconexión o contacto con la naturaleza, aunque sea en casa.
- Practicar la gratitud, enfocándonos en pequeñas cosas que sí están bajo nuestro control.
- Compartir lo que sentimos con personas de confianza, sin miedo al juicio.

Según la investigación sobre profesionales de salud enfrentando la pandemia, fortalecer la inteligencia emocional previene el agotamiento y mejora el bienestar personal. Este hallazgo es extensible a cualquier persona bajo presión: aprender a regularnos emocionalmente es, en realidad, una inversión en salud.
Tercer paso: Elección y acción responsable
Con mayor autoconciencia y regulación, el siguiente paso es elegir respuestas alineadas con nuestros valores y objetivos. Creemos que aquí radica la esencia de la autogestión: no se trata de “apagar” la emoción, sino de canalizarla en formas constructivas.
Antes de decidir, conviene preguntarnos:
- ¿Estoy actuando desde miedo o desde mi responsabilidad?
- ¿Esta decisión respeta mis valores y necesidades?
- ¿Cómo afectará mi decisión a los demás?
En el contexto organizacional, se ha comprobado que la inteligencia emocional en líderes promueve relaciones armoniosas y mantiene el rumbo de la empresa, aún en tiempos turbulentos (artículo académico sobre liderazgo en crisis). Lo mismo ocurre a nivel individual: nuestras acciones, guiadas por conciencia, favorecen un entorno más sano.
Cada elección consciente es un paso hacia la madurez emocional.
Cuarto paso: Aprender a pedir ayuda y cooperar
A veces, la visión de la autogestión emocional puede confundirse con la idea de tener que resolverlo todo en solitario. Nuestra perspectiva es opuesta: autogestión no significa aislamiento, sino capacidad para reconocer cuándo necesitamos apoyo.
- Identificamos quiénes son nuestro círculo de confianza y los recursos disponibles.
- Pedimos ayuda sin sentir vergüenza ni debilidad.
- Ofrecemos apoyo mutuo, promoviendo tanto la empatía como la responsabilidad compartida.
Con el refuerzo de vínculos y la solidaridad, los efectos de las crisis se amortiguan y surgen oportunidades de crecimiento colaborativo.
Quinto paso: Revisar, integrar y continuar aprendiendo
Finalizada la crisis (o incluso durante ella), resulta muy valioso detenernos a revisar:
- ¿Qué he aprendido sobre mí y mis patrones emocionales?
- ¿Qué estrategias funcionaron y cuáles no?
- ¿Cómo quiero actuar en futuras situaciones similares?

Esta reflexión permite transformar la crisis en una fuente de aprendizaje e integración, preparándonos para afrontar con mayor fortaleza y serenidad, lo que depare el futuro.
El aprendizaje consciente convierte cada crisis en una oportunidad real de evolución.
Conclusión
La autogestión emocional no se construye de la noche a la mañana. Es un proceso de autodescubrimiento constante, que implica observarnos, regularnos y elegir desde la responsabilidad personal. En nuestra práctica, afirmamos que cultivar esta habilidad impacta positivamente tanto el bienestar individual como el colectivo. En tiempos de crisis, estas claves pueden marcar la diferencia entre sobrevivir y transformarnos.
Preguntas frecuentes sobre autogestión emocional en crisis
¿Qué es la autogestión emocional?
La autogestión emocional es la capacidad de reconocer, comprender y regular nuestras propias emociones de forma consciente para tomar decisiones alineadas con nuestros valores y necesidades. Supone no dejarse arrastrar por impulsos, manteniendo el control sobre las propias respuestas aun en situaciones adversas.
¿Cómo puedo manejar mis emociones en crisis?
Podemos manejar nuestras emociones en crisis observando lo que sentimos, aceptándolo sin juicio y eligiendo estrategias de regulación como la respiración consciente o la expresión emocional saludable. Compartir lo que nos sucede con personas de confianza también ayuda a aliviar la carga emocional.
¿Cuáles son las claves para la autogestión emocional?
Las claves principales son la autoconciencia, la regulación emocional, la capacidad de tomar decisiones responsables, el pedir ayuda cuando es necesario y la revisión periódica para aprender de cada experiencia. Practicarlas con regularidad nos hace más resilientes frente a las crisis.
¿Se puede aprender a autogestionar emociones?
Sí, la autogestión emocional se puede aprender y fortalecer mediante la práctica y el aprendizaje de nuevas estrategias. La observación consciente y la reflexión nos permiten avanzar en este proceso, aunque a veces requiera tiempo y paciencia.
¿Por qué es importante la autogestión emocional?
La autogestión emocional es importante porque favorece el bienestar personal, reduce el desgaste mental y potencia relaciones más sanas. Además, en situaciones de crisis, permite afrontar los retos con mayor serenidad y flexibilidad, construyendo una base sólida para la adaptación y el crecimiento.
